lunes, 1 de febrero de 2010

La habitación hecha pasado

Si me paro a observar lo que tengo delante, me pueden pasar dos cosas. La primera es que me quede parado observando sin encontrar ninguna respuesta. La segunda es que me entren unas ganas irrefrenables de comermelo. literalmente.

Decido mirar hacia atrás y ver que está pasando a mis espaldas. Parece mas interesante, pero se que es menos jugoso. Un neón epiléptico juega a querer morir. Un espejo roto me desfigura la cara, pero tampoco me fijo demasiado porque corro el riesgo de ver lo que precisamente estoy evitando. Al lado del espejo hay una toalla mojada. Se perfectamente que no es agua porque el líquido es rojo. Un poco mas cerca, en el suelo, está el cuchillo que traía escondido en mi bolsa. A mi derecha la puerta. a mi izquierda la ventana. Fuera de ella otro neón menos nervioso, acompasado, jodidamente azul. Y en el techo, manchas, de mierda, de humedad, de humo, de barro y una mosca muerta pegada al lado de la lampara.

Cierro los ojos y no veo nada, solo un juego de semi luces epilépticas y arrítmicas, y un fotograma que se desvanece poco a poco. La mosca. Ya no está. Ahora solo deseo abrirlos, mirar hacia atrás, y follar.

Me levanto poco a poco con los ojos cerrados, camino lentamente hacia adelante, solo doy tres pasos y me clavo el cuchillo en el pie. No me duele, porque el pie lo he perdido hace rato. Sigo hacia delante, un paso mas, y topo con la toalla. Y luego me doy de bruces con el espejo que se hace añicos en el suelo. Es definitivo, el espejo ya no existe. Y entro dentro del marco que lo albergaba. Y traspaso a un lugar frio, mas iluminado, aunque solo lo percibo porque ahora ya no veo luces epilépticas, sino una luz naranja que debe ser blanca, pero filtrada a través de mis párpados es de color naranja. Los abro, y no veo nada porque la luz del sol me ciega. Poco a poco me acostumbro a ella, y veo la cama vacía, la ventana abierta a la derecha y la puerta a la izquierda. En el suelo no hay ninguna toalla y mis pies ahora vuelven a ser dos. Me doy la vuelta y el espejo está completo, vertical, reflejando mi figura desnuda, seca, y pálida. Miro el techo y es blanco, limpio.

Hace días que en esa habitación amé mucho a alguien que ahora está muerto. Hace días que arreglaron el espejo. Hace días que pintaron las paredes, cambiaron las sabanas y detuvieron a mi marido por asesinato.

Y yo, impasible, sigo encerrado en esta habitación que habla sola, que me destruye poco a poco pero que no deja de enseñarme la puerta, por la cual puedo salir, por la cual puedo correr hacia la calle, y tirar piedras a los neones azules que de noche me turban la mente.

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