Había una vez una mariposa.
Decida a nacer, la mariposa emergió de una esfera dorada surgida de un árbol frutal inmensamente grande. No sin ser antes una crisálida, la pequeña mariposa rompió con sus fuertes alas la fina capa dorada que la rodeaba, que la escondía, que la gestaba.
El día en que nació, el sol era de color azul. De allí de donde viene, los días son distintos cada día. El sol es una esfera gigante de fuego que cambia de color según el tiempo. Nunca llueve, porque el agua baila alrededor de las montañas sin prestar atención al cauce ni a la gravedad. Los animales salen por la mañana de sus escondites, curiosos e ilusionados para admirar el gran astro rey, y comprobar el color pertinente. El color azul es símbolo de alegría. Cuando el sol amanece rojo, significa que el día es turbio, gravemente agresivo, peligroso. Cuando la luz violeta se posa sobre los valles, es motivo indiscutible de fiesta y las flores crecen hasta alcanzar los treinta metros de altura. El blanco del fuego no es más que un día normal, transitorio, efervescente. Pero el más importante es el azul. Azul sobre las flores, sobre las aguas bailarinas, no significa otra cosa que el día de las nuevas vidas. Vidas como la de la preciosa mariposa invisible.
Cuando las partículas doradas de la esfera que la protegía cayeron sobre la hierba, las aves migratorias detuvieron su vuelo para admirar el extraño fenómeno. Nada había salido de esa burbuja de oro, y extrañadas avisaron a todo el reino animal, para hacer público el suceso. Topos bicéfalos, jirafas sin manchas y lagartos de veinte ojos acudieron a toda prisa al lugar de los hechos. Nadie podía explicarse porque de esa matriz ya rota, no había aparecido ninguna preciosa mariposa. Lo que ninguno de los allí presentes podía imaginar, era que la recién nacida, aún sin saber volar, permanecía arropada por tres hojas en la superficie verdosa azulada. Curiosa, observó como una manada de fantásticos animales la observaban sin ser vista, y se preguntó porque nadie podía diferenciarla de aquel suelo húmedo, si sus alas eran de colores vivos y resaltaban con la cama de tres hojas. Poco a poco, la pequeña levantó sus alas, y con un frágil aspaviento, consiguió despegar y emprender el vuelo, torpe y sin rumbo, ara hacia los topos, ara hacia las jirafas, casi casi colisionando con sus cuerpos. Los dos minutos de vuelo incontrolado le sirvieron para obtener la experiencia suficiente como para tomar rumbo hacia las cascadas de cristal. Su curiosidad la obligó a dirigirse hacia los espejos de las pequeñas cataratas, y de esta forma, cerciorarse de lo que estaba ocurriendo. No tardó mas de quince segundos en alcanzar una altura suficiente como para pasar por encima de las cabezas de las jirafas, sin que ellas notaran mas que una suave brisa. Con poco esfuerzo la mariposa llegó frente las cascadas. Una vez allí, entendió todo lo que estaba pasando, y el porqué de las dudas de sus admiradores curiosos. La mariposa era transparente, completamente invisible a los ojos de los demás. Ella era la única que podía verse. ni siquiera los espejos de las cascadas podían reflejar su belleza.
Pronto se hizo de noche, y la luz oscura de la luna de plata invadió los montes. Las aves se posaban sobre los gigantes vegetales y el silencio era absolutamente aterrador. Las alas de la pequeña voladora se juntaron para descansar sobre un pequeño árbol frutal, justo al lado del cual había nacido. Fué entonces cuando las dudas empezaron a rondar por su minúscula cabecita. ¿Porque nadie podía verla, en cambio, sus ojos podían admirar los colores infinitos de su estampado ? ¿Era ella un solitario fantasma? ¿Había querido salir demasiado deprisa de su envoltorio dorado sin terminar de ser gestada? Y mientras las preguntas sin respuesta agitaban su mente, se durmió.
El día amaneció violeta. Había una gran fiesta en todo el reino, los animales corrían juguetones empapados por la furia divertida del agua, los árboles giraban sobre si mismos para desprender hojas que con la luz violeta se volvían fosforescentes y multicolor. Nadie estaba triste, menos la pequeña mariposa, que por mucho que quisiera jugar con las demás mariposas, ninguna de sus compañeras se daría cuenta de su presencia. Desplegó sus alas, y echó a volar sin rumbo, muy alto, desde donde pudiese observar la gran fiesta oficial, tan alto tan alto que casi rozaba el sol. Sus ojos se cerraron, presos de una gran tristeza, su mente solo buscaba respuestas, y sus alas cada vez batían con mas fuerza.
Abajo, en el valle, las lagartijas jugaban a esconder las cabezas debajo de las piedras, y las jirafas se unían en grupos de doce para formar una estructura similar a un tiovivo. Los topos, jugaban a intercambiarse las cabezas y burlarse los unos de los otros. Todos habían olvidado el extraño suceso del día anterior, jugaban, bailaban y reían como si no hubiera mañana, hasta que de repente un avispado topo, alertó al resto de la comunidad de otro extraño suceso. Algo había pasado con la luz. De repente, ya no era violeta, sino roja. Ese si era un extraño fenómeno. Nunca el sol cambiaba de color en pleno día. Solo lo hacía cuando se escondía tras la luna, de noche. Las aves migratorias volvieron a toda prisa alertando de que en el otro extremo del planeta había ocurrido algo sorprendente. Dijeron entre gritos de miedo y alegría , que en medio del día violeta, la luz se había tornado rojo. Y en ese mismo instante, el día, pasó del rojo al verde, y acto seguido al azul, y mas tarde al amarillo, y así continuamente, cambiando de color sin parar, aturdiendo el ánimo de los habitantes del lugar. Un pájaro, el más valiente y listo, propuso hacer una visita al sol, para preguntarle porqué estaba ocurriendo ese misterioso suceso. Todos accedieron a la propuesta del ave, y este no dudó ni un segundo en emprender el vuelo hacia las alturas, muy arriba. De golpe, el pájaro, se topó con una superficie invisible. El impacto le hizo perder el rumbo y quedó desorientado, dudoso y un poco aturdido. Intentó coger altura pero de nuevo, una extraña fuerza le impidió acceder al sol. Cerca del astro, pero sin poder llegar a él, empezó a gritar y a preguntar que es lo que estaba pasando, pero no hubo respuesta. Desilusionado y confuso, emprendió el descenso para informar de la frustrante operación al resto de los habitantes.
La confusión aumentaba por momentos y las lagartijas decidieron evacuar la superficie para esconderse en sus madrigueras. Acto seguido lo hicieron los topos, gravemente desconcertados. Las jirafas corrieron hacia sus cuevas y las aves construyeron unos improvisados nidos y se refugiaron del terrible estrés generado por el cambio continuo de color del sol.
Las mariposas, desgraciadamente, murieron del sobresalto, y sus alas se derritieron como cera, y acto seguido se convirtieron en cristal. Solo un topo bicéfalo se quedó en la superficie, desorientado, buscando su segunda cabeza por todas partes. Y fue en ese instante cuando el gran misterio del sol multicolor se resolvió.
Solo ese topo con una sola cabeza fue quién supo la verdad. Solo él, y la preciosa mariposa invisible.
sábado, 30 de enero de 2010
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