Del negro se funde a blanco, del blanco emergen unas siluetas desdibujadas que van tomando forma de dos hombres.
Una ligerísima música empieza a sonar al tiempo que las siluetas humanas avanzan hacia la cámara.
La música es suave, piano y platillo, un bombo casi imperceptible y un violoncelo diseñando una melodía melancólica que se acaba fundiendo con un acordeón romántico.
Las siluetas, en primer plano, se funden en un negro absoluto, segundos mas tarde una luz a cuarenta y cinco grados les ilumina los rostros. Son dos hombres bellos, afeitados, peinados meticulosamente con brillantina, dejando que sus frentes sean la pista de baile de unos pequeños brillos compuestos por minúsculas gotas de sudor.
Los dos hombres, frente a frente, se miran inmóviles, a una distancia aproximada de cuarenta centímetros.
El plano se transforma en un plano medio, para terminar en un general.
Oscuridad, solo los dos hombres, los brillos de sus frentes, su pelo, y un suelo de cristal negro. Ambos, traje negro, camisa blanca, y un clavel rojo apasionado en sus solapas. El tango evidencia un acercamiento entre los dos individuos, colmando la apoteosis del violín con una conjunción de las dos figuras. Golpe seco, miran a cámara e inician el baile. Apasionado, individual, porque no se distingue separación alguna entre los dos cuerpos. Travelling circular alrededor de la acción, con un perpetuo fondo negro, que lentamente se convierte en azul oscuro, y finalmente unas estrellas doradas desenfadas, les turban de luz y les convierten en figuras borrosas delirando sobre una pista de baile.
Es así como empieza y acaba la escena que día y noche se reproduce en mi cabeza, desde que ese día se convirtió en una sola noche.
BAILES, DELIRIOS Y SUEÑOS DESDE INSOMNIA
sábado, 30 de enero de 2010
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